miércoles, 8 de febrero de 2012

LAS GAFAS VERDES DE LA ACTITUD POSITIVA

A la hora de enfrentar programas de segunda oportunidad uno de los aspectos clave a trabajar con los alumnos es la actitud. Los resultados que se obtengan estarán condicionados por la predisposición con la que el alumno afronta su formación. Sus expectativas de éxito o fracaso, su juicio sobre la utilidad de lo aprendido, su esperanza de ver su esfuerzo recompensado, su confianza en sus propias posibilidades,… confeccionaran el cristal a través del cual el alumno observará el proceso formativo. Y, como ocurre tantas veces, la vida suele ser del color del cristal con que se mira.

En la historia del mago de Oz, a la que habitualmente suelo recurrir, cuando Dorothy y sus compañeros llegan a las puertas de la ciudad Esmeralda, el vigilante les cierra el paso diciéndoles que si quieren acceder a la ciudad deben colocarse unas gafas con cristales verdes. Sin estos cristales la brillantez y la gloria de la ciudad podría cegarlos. Al igual que ocurre en la historia del mago de Oz, nuestros alumnos deberán equiparse con las gafas adecuadas, con la actitud adecuada, con la predisposición adecuada, para aprovechar esta nueva oportunidad.

Porque las cosas no serán como nosotros (maestros) pensemos, deseemos o digamos, las cosas sucederán como ellos (alumnos) las perciban, las vivan y las sientan. Y esto en gran medida dependerá de cuál sea su actitud, de cuáles sean sus expectativas al inicio del curso.

Recuerdo una historia que sirve de ejemplo para acompañar esta reflexión…

Existió una vez, en un pequeño y lejano pueblo, una vieja mansión abandonada. Un buen día, un pequeño perro vagabundo, buscando refugio, logró introducirse por un agujero de aquella casa.

El perro ascendió por una señorial escalera. Cuando llegó al último peldaño halló una puerta semiabierta. Se adentró en aquel nuevo y misterioso cuarto que aparecía ante él.

Con gran sorpresa descubrió que dentro de aquella estancia había una multitud de perros observándole tan fijamente como él los observaba a ellos. El perro comenzó a mover la cola y a realizar las zalamerías que un niño le enseñara hace mucho tiempo... Los cien perros hicieron lo mismo. Luego les ladró alegremente. Y se quedó sorprendido al ver que los cien perros también ladraban alegremente con él.

Cuando el perro abandonó aquella extraña habitación, musitó en el lenguaje de los perros: "Qué suerte he tenido al hallar un lugar tan hermoso. Regresaré con frecuencia"

Tiempo después, otro perro callejero entró también en aquella mansión abandonada. Y subió a la misma extraña y enigmática habitación. Pero cuando vio a un centenar de perros mirándole con sus mismos ojos, se sintió amenazado. Rabioso, comenzó a emitir un gruñido sordo... y sintió como un centenar de perros como él, le gruñían al unísono. Asustado, les ladró como nunca había ladrado a nadie... y los otros perros de la habitación abrieron sus fauces, ladrándole con fuerza inusitada.

Cuando el segundo perro salió por fin de aquella extraña estancia, murmuró entre dientes: "Qué casa tan espantosa... Nunca más volveré a entrar en ella.

Como en el cuento, la vida muchas veces nos responde de la misma forma en la que nosotros actuamos. Como dijo Henry Ford, si creemos que podemos, podremos, pero si pensamos que no seremos capaces, también acertaremos.

Hay que infundir confianza en nuestros alumnos, despertar una actitud positiva en ellos, hacerles ver la luz de esperanza que brilla al final del túnel, que miren con ojos ilusionados al futuro, porque el futuro, como un espejo, les devolverá su reflejo. Como dice el refrán se recoge lo que se siembra, y aunque a veces la vida nos demuestra que esto no es del todo cierto, no podemos dejar de creer en ello, porque si no habríamos perdido el norte.

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