sábado, 25 de febrero de 2012

EL EJEMPLO DE ANNA

Estaba hojeando el periódico Levante de ayer viernes cuando una noticia me llamó poderosamente la atención. En realidad lo que me atrajo fue la fotografía que acompañaba la noticia. La imagen, tal y como comenta el texto, muestra a Anna, una joven estudiante que participaba en las manifestaciones estudiantiles de Valencia, arrinconada por uno de los antidisturbios que la amenaza para que abandone su protesta y se marche a casa. La cara de Anna es todo un poema, es la viva imagen del miedo a punto de desbocarse en pánico. La suplica desesperada de la presa que se sabe a merced de su depredador. Según sigue la noticia del periódico Anna, a pesar de su ansiedad, contesta al policía que no puede, que no puede irse de allí porque ha acudido a defender sus derechos. Su “no me pegue!” no es un grito que implora compasión, está pidiendo justicia.

Inconscientemente asocio esta imagen con otra que durante mi etapa estudiantil me marcó. Entre ambas imágenes hay un mundo, son situaciones bien distintas representativas de realidades diametralmente opuestas y con repercusiones y consecuencias distintas. Quizá alguien opine que la comparación es exagerada, desmesurada y falta de rigor. Pero es lo que tiene la mente, que a veces, se le “va la pinza” y nos plantea extrañas ideas. El caso es que la fotografía de Anna se ha asociado en mi cabeza con aquella histórica foto del estudiante ante los tanques en la plaza de Tiananmen.
Puede que no haya muchos puntos en común, pero yo veo en ellas la representación del David contra Goliat. La escena del pequeño contra el poderoso, del débil contra el fuerte, de la convicción de los ideales contra la fuerza de las armas, de la verdad contra el abuso, del valiente ante el cobarde. Además en ambas situaciones se produjo la victoria del pequeño.

Los tanques no avanzaron aquella mañana en china, al menos no aquel día, al menos no en aquella avenida. Intentaron sortear el gesto valiente del anónimo ciudadano, sin atreverse a enfrentar su actitud decidida a permanecer inmóvil ante el abuso de la fuerza. Los principios vencieron a las armas. Fue una batalla ganada, aunque se perdiera la guerra. Quizá el asesino tuvo que esperar a la oscuridad de la noche para poder masacrar a los estudiantes sin tener que mirarles a los ojos.

También Anna, entre su ansiedad y su miedo, entre su pavor a los golpes, prefirió mantener su postura y no sacrificar sus principios. Nadie la hubiera acusado de cobarde, muchos habríamos echado a correr como almas que lleva el diablo sin avergonzarnos por ello. Sin embargo Anna, la viva representación de la inocencia y del miedo, de la justicia y la fe, consiguió aflorar la sensatez del policía, que fue incapaz de golpearla. Cuenta la noticia que el policía la tomó del brazo y la apartó hasta un lugar seguro.

¿Quién en su sano juicio podría pisar el acelerador de su tanque pasando por encima de una persona indefensa. ¿Quién en su sano juicio podría golpear a la chica que llora, que suplica y que se escuda en su libertad para ocupar la calle?.

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