jueves, 9 de febrero de 2012

ARMA DE DESTRUCCIÓN MASIVA PARA DESMANTELAR EXCUSAS

A la hora de comentar con mis alumnos los motivos por los cuales no consiguieron superar la escolarización obligatoria, aparecen un rosario de argumentos destinados a justificar su evidente falta de dedicación e implicación. Las excusas son variadas e incluso a veces suelen ser hasta originales. La mayoría tiende a minimizar su parte de responsabilidad en ello y culpabiliza a factores externos de su fracaso: los profesores, las malas compañías, que cuando te encasillan como mal alumno es una cruz que siempre te acompaña, el desinterés de los padres y un enorme cajón de sastre que bajo el nombre de “problemas” encierra toda una serie de crisis existenciales, que los adultos no podemos comprender (porque siempre hemos sido adultos) que provocan como resultado el, más que fracaso, abandono escolar.

Suelo utilizar con mis alumnos la frase: el libro de las excusas es el más gordo de la biblioteca, para referirme a esta situación. La mayoría de estas excusas no tienen una excesiva fundamentación, pero sirven para evitar el sentimiento de culpa y mantener a flote la autoestima del alumno. Aunque se trata de un mecanismo psicológico básico, casi como una estrategia de autodefensa, el aferrarse a este tipo de razonamientos supone un escollo importante a la hora de retomar el proceso formativo. Asumir responsabilidades, reconocer errores, es el primer paso para empezar a cambiarlos.

Se trata de cambiar muchos “no puedo” por algún “no quiero”. Es un primer paso básico para que el alumno empiece a tomar las riendas de sus decisiones. No lo conseguí porque no puse suficiente empeño, porque no me esforcé lo necesario, porque entonces me preocupaban más otras cosas, o sencillamente, porque no me dio la gana. Solo partiendo de esta base podremos plantearnos intentarlo de nuevo con una perspectiva de éxito. Como ese rio en el que es imposible bañarnos dos veces, porque el rio es distinto y porque yo también lo soy. Este debe ser el enfoque con el que enfrentar una segunda oportunidad: Yo soy el responsable de mis actos y seré capaz de conseguir lo que me proponga, me costará más o menos, tardaré más o menos, pero llegar depende de mí.

A la hora de explicitar estas excusas no es lo mismo pedirles a los alumnos que las digan de viva voz que pedirles que las escriban en un papel. El hecho de escribirlas hace necesario que las piensen y ya en este paso, algunas quedaran por el camino. En el fondo estas excusas son como castillos de cartas, fáciles de derrumbar porque solo se mantienen en pie por la fe ciega que el alumno quiere depositar en ellas. No hay argumentos que cimenten estos razonamientos.

Uno de los argumentos, de las armas, que suelo utilizar para modificar “no puedos” es el testimonio de Adriana Macias. Su testimonio me sirve para relativizar el peso de las excusas de mis alumnos. Difícilmente se mantendrán en pie sus argumentos tras escuchar y conocer la historia de Adriana. Porque en la vida todo es relativo, todo depende del punto de vista y de con qué se compare. Después de conocer a Adriana los “no puedo” quedan esparcidos por los pupitres como cartas arrasadas por el viento.


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