viernes, 13 de julio de 2012

UN BRINDIS POR LA INNOVACIÓN

Cuando aún no hemos acabado de digerir el reciente triunfo de la selección española de fútbol en la Eurocopa, ya tenemos a la vuelta de la esquina el arranque de los Juegos Olímpicos de Londres. En alguna de mis primeras entradas ya comenté como el deporte en general, y las citas olímpicas especialmente, son una fuente inagotable de ejemplos de superación, de esfuerzo, de constancia, de coraje… valores tan despreciados durante años, y que ahora con las crisis, nos afanamos en recuperar a marchas forzadas. Aunque nos costará pagar un precio muy elevado por ello, esta crisis también nos dejará unos cuantos aprendizajes esenciales en la mochila.
Decía Sergio Fernández en su brillante entrevista publicada en la revista Uakix, y que en breve reflejaré en el blog, que… “si estás dispuesto a hacer lo que nadie hace obtendrás resultados que nadie obtiene”. ¡¡Me encanta!! Comparto plenamente la decidida apuesta de Sergio por la imaginación y el talento, por la originalidad y por la innovación, como fórmula para afrontar los retos. La historia olímpica que recuerdo hoy es un buen ejemplo de ello.
Dick Fosbury se dio a conocer durante la celebración de los JJOO de México en 1968. Dick participaba en la competición de salto de altura, y se convirtió en la sensación de aquellos juegos al utilizar una técnica de salto nunca antes vista. Hasta ese momento, todos los saltadores utilizaban, bien la técnica de rodillo ventral, bien la técnica de tijera, para saltar por encima del listón. Fosbury dejó a todos los espectadores anonadados al realizar su salto de espaldas, tras una carrera transversal hacía el listón. Fosbury realizó sus saltos entre las risas y los comentarios jocosos de los espectadores, que tildaban de loco excéntrico a aquel desgarbado chico rubio que iniciaba su carrera desde un lateral, en vez de atacar de frente el listón como el resto de competidores. Finalmente, su triunfo, transformó las risas en aplausos de reconocimiento y admiración. Fosbury se alzó con la medalla de oro en aquella cita, y tan sólo unos pocos centímetros le separaron de batir el record mundial.
Con el tiempo todos los saltadores fueron adaptándose a esta técnica, que es la que conocemos en la actualidad, y que con el tiempo se bautizó como “Fosbury Flop”. Sin embargo, el propio atleta reconoció en varias entrevistas, el largo camino que tuvo que soportar haciendo oídos sordos a todo tipo de comentarios y críticas sobre su forma de saltar, ya en las competiciones universitarias en las que participaba. Su puesto más alto en el cajón de los ganadores, fue el premio a su talento, pero también a su constancia.
Fosbury nunca sobresalió por ser un gran atleta, y su éxito se debió más a su peculiar técnica, que a sus dotes físicas. De hecho abandonó la práctica deportiva tras estas Olimpiadas, aunque tan sólo tenía 21 años. La mayoría de saltadores fueron adoptando su estilo de salto y superando con facilidad a su creador, que se retiró de la práctica profesional, eso sí, habiendo revolucionado por completo esta práctica olímpica.
Dick Fosbury fue un atleta con una única participación en los Juegos. Un atleta con una medalla, que se quedó a las puertas de batir un record del mundo, pero su intensa huella cambió para siempre la manera de entender este deporte. Alguien que se atrevió a hacer las cosas de manera distinta, alguien que se atrevió a pensar diferente, a innovar para llegar a saltar más alto que nadie. Un breve pero intenso paso por el mundo del deporte en el que su gesta merece ser recordada, más que por su triunfo por su forma de lograrlo. Porque, como en tantas cosas, más importante que las metas conseguidas, es la forma de conseguirlas. Como dice el credo olímpico “lo más importante de los Juegos no es ganar sino competir, así como lo más importante en la vida no es el triunfo sino la lucha. Lo esencial no es haber vencido sino haber luchado bien.” En la misma línea ya publiqué hace unos meses una entrada sobre la carrera de Derek Redmond en Barcelona: Cruzar la meta, importa más el cómo que el cuándo.
El salto de Fosbury, continuará recordándose como el salto de la valentía, del atrevimiento, del ingenio y la determinación. Saltos como este son los que nos hacen avanzar cada día, nos impulsan a progresar y nos animan a avanzar por senderos desconocidos sin temor al fracaso. Porque sólo se fracasa cuando se desiste en el empeño.
Justamente mientras le doy forma a este artículo veo que los medios se hacen eco de la original historia de Raúl Calabria, un periodista en paro que ha decidido poner en circulación su curriculum en forma de tetrabrick de leche. Una manera fantástica de demostrar talento y originalidad, de destacar haciendo "lo que nadie hace". ¡¡Bravo por tí Raúl!!
¡FELIZ REFLEXIÓN!

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