miércoles, 13 de junio de 2012

LA FORMACIÓN PROFESIONAL, LA CUNA DE LA EMPLEABILIDAD.

Publicaba hace poco Marce Redondo en el periódico Cinco Días un interesante análisis sobre los retos a los que se enfrenta la Formación Profesional en España. El artículo titulado “La FP quiere hacerse mayor” reflexiona sobre la imperiosa necesidad de la Formación Profesional de convertirse en la puerta de acceso preferente al empleo. La tan necesaria creación de empleo pasa por que los nuevos proyectos empresariales encuentren, tanto la financiación necesaria, como los profesionales preparados para llevarlos a cabo. Por parte del gobierno deberían hacerse los mismos esfuerzos que se están realizando para reflotar el sistema financiero, para apoyar y recuperar la tan desprestigiada Formación Profesional. ¿De qué servirá disponer de crédito sin el talento necesario para utilizarlo y generar valor? Sería como regar un campo yermo. El artículo de Marce Redondo cita un dato bastante clarificador al respecto, según la UE se espera que en 2020 el 85 % de los puestos de trabajo requieran, al menos, ese nivel de formación.

Ya recogía hace unos días en un post anterior las opiniones de Oriol Homs en el mismo sentido. España, en comparación con el resto de países europeos, presenta un déficit alarmante en cuanto a titulados de grado medio (FP y Bachillerato), que son los perfiles más necesitados por el mercado laboral. El porcentaje de titulados universitarios, sin embargo, está en línea con el resto de países europeos, incluso es algo superior. Es decir, en España los que estudian, lo hacen hasta el final, los que deciden no hacerlo, abandonan pronto, muchos sin finalizar la etapa obligatoria. Somos un país de extremos, de blancos o negros, no tenemos punto medio.

La facilidad con la que el mercado laboral absorbía personal de baja cualificación, sobre todo en el sector de la construcción, pero también en otros, provocó una perversión en el sistema formativo. La teoría decía “la formación es una inversión, es una apuesta de futuro”; la realidad mostraba justo lo contrario.  En el subconsciente colectivo anidó la sospecha “la formación es una pérdida de tiempo”.

El Sistema de Formación Profesional en España no ha conseguido nunca quitarse la etiqueta de “patito feo” dentro del Sistema Educativo. Esta Formación siempre ha sido percibida como “Plan B”, como segunda opción, destinada para aquellos estudiantes “que no valían”. Este tipo de etiquetas sociales, unido a la falta de entendimiento entre la FP y el mercado productivo, han lastrado sobremanera las potencialidades generadoras de empleo de este tipo de formación. Los motivos por los que la Formación Profesional no produce el resultado esperado son varios: Falta de entendimiento político en su diseño e implantación, excesiva rigidez y falta de adaptación a las necesidades de las empresas, la existencia de un tejido empresarial poco propicio, formado mayoritariamente por autónomos y micropymes, una legislación laboral y una picaresca empresarial más dada a la rotación que a la promoción interna de sus trabajadores, etc.

Hay que tener presente que lo que realmente convierte a una persona en un trabajador son las competencias que posee y que son potencialmente valiosas y generadoras de valor. Debemos borrar de nuestra mente la idea de que el simple hecho de cumplir la edad legal para trabajar, habiendo obtenido o no el título de graduado escolar, y mostrar cierta predisposición al trabajo, más como pretexto para abandonar los estudios que otra cosa, capacita a un joven para el trabajo. La edad y la disposición son condiciones necesarias, pero no suficientes. Tenemos un exceso de jóvenes con perfiles de baja cualificación y buscadores de ofertas “de-lo-que-sea”, que inundan de curriculums vacios los buzones de los polígonos industriales, de los centros comerciales y las cafeterías. Necesitamos cualificar a todas estas personas para que aporten la dosis de renovación y de innovación necesarias. Y este, es el principal reto al que debe enfrentarse la Formación Profesional en España. Recuperar, reorientar, reciclar, transformar a nuestros jóvenes en profesionales empleables para la nueva sociedad de la información y el conocimiento. Esta labor tan importante necesita de reformas de calado, requiere de un proceso intenso de desaprendizaje y de reinvención. Aunque difícilmente avanzaremos por el camino adecuado desde el recorte, la falta de diálogo y la desmotivación.

¡FELIZ REFLEXIÓN!

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