viernes, 8 de junio de 2012

LA DIFERENCIA ENTRE COMPADECERSE Y CONSOLARSE

Hace unas semanas trabajamos en clase con uno de mis libros favoritos. El libro de “El conde Lucanor” escrito en el siglo XIV es una recopilación de cuentos didácticos y moralizantes recogidos de diversas fuentes y estructurados en el libro a modo de ejemplos o capítulos. Lo que más me gusta del libro es la originalidad del planteamiento. Cada uno de los capítulos del libro reproduce el mismo formato: El Conde Lucanor plantea un problema o una situación que le preocupa o le ha ocurrido a algún conocido y pide el consejo de su sirviente Patronio. Este, desde la humildad y la modestia, se ofrece para contarle una historia que le sucedió a tal o cual persona con el objeto que sea el propio Conde el que saque sus conclusiones. Así, capítulo a capítulo, se van sucediendo toda una serie de historias sobre las que reflexionar y aprender a través de sacar nuestras propias conclusiones, a través de aprender del ejemplo y la experiencia de lo que les sucedió a otras personas en una situación similar a la nuestra.
El personaje de Patronio me parece alucinante. Es todo un asesor, un orientador, un coach moderno, que más que ofrecer respuestas concretas plantea situaciones para que su aconsejado extraiga sus propias conclusiones. Todo un ejemplo de como aconsejar y educar en el siglo XIV. ¿No es fantástico?
En concreto el ejemplo que utilizamos esta vez en clase fue el décimo, “De lo que le sucedió a un hombre que por pobreza y falta de otra cosa comía altramuces”, aunque en el libro hay varios capítulos muy recomendables. En este capítulo en concreto el Conde Lucanor busca el consejo de Patronio atemorizado por la posibilidad de perder sus bienes y sus riquezas y verse en una situación de necesidad. El miedo al fracaso, a qué las cosas no vayan como esperamos, es uno de los motivos más poderosos para no intentar conseguir nuestros sueños, para no abandonar nuestra "zona de confort". Frente a estas reticencias cualquier coach moderno plantearía una pregunta de manual, y... ¿qué es lo peor que podría pasar? El coach Patronio, en cambio, relata un cuento.
Patronio le cuenta la historia de dos hombres que habían sido muy ricos y habían perdido sus fortunas, hasta el extremo de que uno de ellos lo único que encontró para comer fueron un puñado de amargos altramuces. Este mientras comía los altramuces y echaba las cáscaras tras de sí, se puso a llorar recordando todo el poder y las riquezas que tuvo en el pasado y se lamentaba de la situación en la que ahora se encontraba. De pronto escuchó un ruido detrás suyo y al volverse descubrió a otro hombre que comía las cáscaras que el tiraba. Al preguntarle al que recogía las cáscaras le contó que él también había sido un hombre rico y poderoso, y que ahora se alegraba mucho de encontrar las cáscaras para así tener algo que echarse a la boca.
Este comentario – cuenta Patronio – hizo reflexionar al primero de los hombres y al instante se consoló y dejó de llorar. En ese mismo momento se decidió a luchar por salir de esa situación de necesidad y, acaba la historia, que con esfuerzo y ayuda de Dios consiguió salir de esa situación y recuperar parte de las riquezas perdidas. El cuento termina proponiendo como conclusión y moraleja de la historia los versos “Por pobreza nunca desmayéis, pues otros más pobres que vos veréis”.
Tras la lectura del breve capítulo la actividad se centra en, utilizando el guión de preguntas que acompaño como enlace, extraer algunas reflexiones interesantes sobre el texto. La primera es sobre el efecto que producen las inevitables y tan a menudo odiosas comparaciones. Nos pasamos la vida comparándonos con los demás y obteniendo conclusiones en función de si tenemos más o menos, o somos más o menos que los que nos rodean. Comentaba alguien que para saber si una persona estaba bien o mal pagada era necesario averiguar el sueldo de su cuñado. En definitiva, sea cual sea nuestra situación, siempre podemos encontrar personas que se encuentren mejor, pero también personas que tienen más dificultades. Lo importante es ser conscientes del efecto que estas comparaciones producen en nuestro estado de ánimo y en nuestra actitud, ya que igual nos pueden predisponer hacía el resentimiento que nos pueden motivar para la consecución de nuestros objetivos.
Como decía en el título de la entrada de hoy podemos compadecernos, y por tanto justificar nuestra situación en factores externos como la mala fortuna o la desgracia, y continuar llorando sin parar frente a nuestro miserable tazón de altramuces, o podemos consolarnos, valorar lo poco que tenemos como algo valioso y predisponernos para la acción. Siempre es más beneficioso utilizar esta comparación como un aliciente, como un estímulo para ponernos en marcha hacía nuestras metas, que como un freno, como una coartada para justificar lo desgraciados que somos y lo injusta que es la vida.
Consolarse nos pone en el camino de las soluciones, nos otorga el poder del cambio, compadecerse, por contra, justifica la parálisis y nos encadena a un fracaso continuado.

La genial viñeta que acompaño la encontré en esta página dónde además aparece reproducido el texto del ejemplo X.


Enlace a la actividad que utilizo en clase.


¡ FELIZ REFLEXIÓN!

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