lunes, 7 de mayo de 2012

APRENDER SUPONE NO VOLVER A COMETER LOS MISMOS ERRORES

Analizamos en clase el tema del fracaso escolar e intento conducir el debate hacia el análisis de las causas. Intento personalizar y les propongo a mis alumnos que piensen sobre los motivos, sobre las causas por las que no consiguieron finalizar los estudios obligatorios. Con todos los grupos, más pronto que tarde, acabo dedicando una clase a reflexionar sobre el tema. La dinámica suele derivar siempre de manera similar. Abundan las respuestas evasivas, la búsqueda de culpables externos, la justificación,… las circunstancias, las malas compañías, los profesores y sus manías,… el repertorio de excusas es bastante amplio. Si ordenáramos las causas a las que mis alumnos atribuyen su fracaso escolar en forma de ranking, de forma que quedaran ordenadas en función de su importancia, observaríamos como los primeros puestos estarían copados por causas externas,  mientras que los factores de tipo personal, que presuponen asumir su parte de responsabilidad en los resultados, quedarían relegados a las últimas posiciones.
Quizás funcione como un mecanismo de defensa que busca proteger nuestro amor propio. Percibimos la realidad de manera que justifique nuestros errores. Cuando algo no sale como esperábamos, rápidamente inventamos explicaciones plausibles para justificarnos o buscamos culpables a los que “encasquetarles el muerto”. Por el contrario, cuando algo sale bien rápidamente nos atribuimos el mérito y sacamos pecho. Y además nos empecinamos en nuestras razones y, como un hábil abogado defensor, desmontamos todos los argumentos en contra. Un amigo siempre dice que la razón es lo que mejor repartido está; todo el mundo cree que la tiene.
 Quizás esta forma de comportarnos sea una fórmula válida para proteger nuestra autoestima, aunque no está exenta de riesgos. No asumir la responsabilidad de los errores cometidos imposibilita aprender y rectificar y nos predispone a tropezar cientos de veces con la misma piedra. Perder la oportunidad de aprender de nuestros errores es un precio muy elevado que pocas personas pueden permitirse pagar.
Sin embargo este tipo de actitudes no solo se dan en las aulas, en realidad es una práctica bastante extendida. Últimamente la mayoría de las conversaciones que mantenemos con amigos, con compañeros, suelen acabar hablando de la crisis y sus consecuencias. En más de una ocasión el momento álgido del debate se produce en el punto de apuntar a los culpables y exigirles responsabilidades. Los políticos, los banqueros, los especuladores, los irresponsables que vivieron por encima de sus posibilidades, los que se hipotecaron hasta las cejas, los que… el listado de culpables es largo y sobran argumentos de peso para criminalizar a la mayoría. Es cierto que produce una tremenda indignación y rabia el observar como la mayoría de estos responsables “se marchan de rositas”,  sin asumir ninguna responsabilidad sobre sus decisiones.
Siendo todo esto cierto, y embarcados ya varios años en esta crisis con la que nos vamos acostumbrando a convivir, no cabría preguntarse ¿qué parte de responsabilidad tengo yo en esto?, ¿puedo decir que estoy completamente exento de culpa, que no tengo ni una mínima parte de responsabilidad en lo sucedido? ¿No estaré en cierta manera actuando como mis alumnos buscando culpables y excusas, justificándome para no tener que asumir responsabilidades y asumir el siempre más cómodo papel de víctima?
Puede que sea descabellado el planteamiento anterior, pero si en parte fuera cierto y no contemplara esa posibilidad me estaría negando la posibilidad de crecimiento fruto de aprender de los errores. Y cuando los errores son tan duros como estos, el aprendizaje que generan debe ser igual de generoso.
Para responder a esta cuestión enlazo la escena final de fantástica película algunos hombres buenos de Rob Reiner , (si alguien no la ha visto todavía mejor dejar de leer y anotar como tareas pendientes alquilar el DVD en el videoclub, es una gran historia). La película narra el juicio a dos marines acusados de asesinar a un compañero tras aplicarle lo que ellos llaman un “código rojo”. El teniente Kaffe, interpretado por Tom Cruise, es el encargado de la defensa de los marines y en una arriesgada maniobra decide llamar a declarar al coronel Jessep (Jack Nicholson) quien finalmente admite que fue él quien ordeno la acción. En esta parte final de la película se da a conocer el veredicto del jurado en el que los marines son declarados inocentes de los cargos de asesinato y conspiración, sin embargo se les declara culpables del delito de conducta impropia de un marine, por lo que son condenados a licenciarse con deshonor. En un primer momento los dos acusados no entienden el veredicto, pues para ellos ha quedado demostrada su inocencia y continúan pensando que no han hecho nada malo, tan sólo se han limitado a cumplir con su obligación. Finalmente uno de ellos se da cuenta de lo equivocados que estaban y asume que la condena es justa pues debieron haber actuado de manera distinta, incluso rebelándose ante una orden que atentaba contra un compañero más débil.
A veces nuestra responsabilidad parte de cosas que hacemos, pero también tenemos responsabilidad por aquellas cosas que no hacemos, que no evitamos. Creo que todos durante un tiempo jugamos a cerrar los ojos, a no querer ver y aunque no contribuyéramos directamente a inflar la burbuja, tampoco hicimos mucho por impedir que se produjera. Asumir nuestra pequeña parcela de culpa, entonar un pequeño y sincero “mea culpa” nos ofrece la posibilidad de aprender de los errores cometidos, y sólo así podremos estar seguros de haber aprendido la lección y evitar que en el futuro estas situaciones se vuelvan a producir.
FELIZ REFLEXIÓN!!

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