miércoles, 11 de septiembre de 2013

EXPLIQUEMELO COMO SI YO TUVIERA SEIS AÑOS

La frase del título del post está sacada de una conocida película de los años noventa. Creo que, si existiera un ranking con el título de “películas más proyectadas en los institutos”, esta sin duda ocuparía uno de los puestos destacados. Al menos para los de mi generación era un fijo de cada año, con independencia del curso, la asignatura o el tema a debatir. Aunque hay que reconocer que argumentos no le faltan, empezando por su banda sonora con una balada inolvidable del “Boss”.

Philadelphia está protagonizada por Tom Hanks y Denzel Washington y es un clásico “David contra Goliat” en la que un joven y prometedor abogado tendrá que luchar por defender sus derechos, no solo contra el bufete de abogados que lo acaba de despedir, sino contra toda una sociedad que lo margina por su orientación sexual y su enfermedad. En su particular contienda recurrirá a la ayuda de otro abogado, Joe Miller, papel que interpreta Denzel Washington, y que es el propietario de la frase con la que he empezado la reflexión de hoy.

La poderosa firma de abogados que ha despedido a Andy (Tom Hanks), una de esas de nombres larguísimos, formados por la cadena de  apellidos de todos sus socios, ataca utilizando las mejores armas de los abogados de prestigio: Adaptar la realidad a su particular versión de los hechos. Inventan pruebas, difaman, siembran dudas, sobornan, amenazan, hacen uso de su influencia,… todo un sinfín de artimañas dirigidas a mostrar que, aunque las apariencias muestren lo contrario, ellos son unos ingenuos corderillos a los que el joven depravado mantuvo engañados. El fin justifica los medios, y cuando uno es dueño de los medios, espera que se cumplan sus fines.

Colocados en esta desigual situación, el hábil letrado Miller decide no jugar al juego propuesto. A partir de aquí, en cada una de sus intervenciones, frente a las técnicas y enrevesadas argumentaciones de los abogados, empieza a utilizar la coletilla “Explíquemelo como si yo tuviera seis años”. Intenta así desmontar el andamiaje legislativo en el que la poderosa firma de abogados pretende esconder los hechos. Miller les invita a jugar al juego de la simplicidad, de las verdades verdaderas.

En realidad las cosas siempre son más sencillas de lo que algunos pretenden hacernos ver. Continuamente inventamos extrañas palabras a las que dotamos de complicados significados para, finalmente, llevar los hechos hasta el absurdo y la confusión. Un error de  procedimiento, un plazo expirado, un procedimiento no procedente, una interpretación sesgada, una estadística que, dependiendo de quien la mire, igual indica A que B. Al final, como los buenos magos, el truco consiste en desviar la atención del espectador de lo esencial.

Es por ello que la frase del abogado interpretado por Denzel Washington en la película supone una buena estrategia para reconducir los hechos, para no entrar en la confrontación, sino para ejercer nuestro justo derecho a saber qué pasó. Por ello… Explíquemelo como si fuera un niño de seis años, explíquemelo como si nuestro interés común fuera buscar la verdad, esclarecer  los hechos, como si realmente pretendiésemos ser justos.

Por desgracia en demasiados ámbitos, en la justicia, la política, la economía,… también en educación,  enrevesadas e interminables disertaciones solamente persiguen el objetivo de esconder la verdad, en algunos casos incluso asumiendo que el que escucha es incapaz de entenderla.  Frente a esto solo cabe levantar la mano y, educadamente, pedir que nos lo expliquen como si fuésemos niños de seis años.

¡FELIZ REFLEXIÓN!


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