jueves, 7 de marzo de 2013

LA ESTRATEGIA DEL TENEDOR

Ocurre a menudo que, a la hora de trasladar una realidad al papel, a la hora de explicar algún aspecto de nuestro comportamiento, recurrimos a la estrategia del tenedor. Esto se produce como consecuencia de nuestra enfermiza obsesión por encerrarlo todo en gráficas y estadísticas. Es una especie de “daño colateral” que se produce al intentar leer la realidad a través de una curva normal. Me explico.

Cuando clasificamos (alumnos, asignaturas, metodologías, motivaciones…) pretendemos abarcar la realidad atendiendo a un reducido número de variables (de otra forma es imposible). Y esto nos lleva a buscar desesperadamente similitudes, al tiempo que minimizamos y obviamos las diferencias. Simplificamos para poder comprender, y por tanto, perdemos los matices y, en muchos casos, la esencia. En nuestra desesperada búsqueda de la norma, asesinamos la excepción.

Una forma común de establecer estas clasificaciones es empezar identificando los dos extremos de la situación que, generalmente presentarán características contrarias. Por ejemplo, a la hora de clasificar las metodologías docentes, la mayoría de autores emplea los términos autoritario y “laissez-faire”, para describir estos extremos, las dos puntas del tenedor. Inmediatamente podemos construir uno o dos casos intermedios en los que se conjugan, generalmente de manera positiva, características de las dos posiciones extremas. Así en el caso de las metodologías docentes conformamos el estilo democrático como el que ocupa esta púa central. Una vez definidas las tres categorías y, siguiendo la máxima de Aristóteles de que en el punto medio se encuentra la virtud, resulta sencillo criticar los defectos de las posiciones extremas y elogiar la moderación de la posición intermedia. Tras lo cual, si tuviéramos que responder a la pregunta de cuál es el mejor estilo docente, pocos tendríamos dudas al respecto, ya que resulta evidente que el mejor estilo es… Ninguno de los tres.

Porque ello supone aceptar un estilo simplista, reduccionista de la realidad. La respuesta más inteligente es que DEPENDE. Depende de la edad, del momento, de la conducta, del niño, del contenido, de la relación, de … Educar es una actividad compleja en la que, como he dicho en otras ocasiones, no existen recetas mágicas. Porque aunque podamos dar pautas y recomendaciones de uso general, la singularidad de cada situación, de cada niño, convierten a la educación en un arte de la peculiaridad, de la excepción.

Cuántas veces hemos oído a cientos de padres orgullosos entonar aquello del “educados bajo el mismo techo” como principal expresión de equidad, como principal ejemplo del estilo democrático. Sin embargo, ¿hay algo más injusto que tratar a todos por igual?, ¿más injusto que sacrificar las diferencias en pro de la norma?, ¿más injusto que sacrificar la creatividad en favor de la productividad? Si juzgamos al pez por su capacidad de trepar a los árboles…

Dejemos de lado las clasificaciones, las evaluaciones y las metodologías milagrosas y agarremos la cuchara de la diversidad e intentemos abarcar cuanto más mejor, aún así, siempre habrá algo que se nos escape.

¡FELIZ REFLEXIÓN!

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