miércoles, 10 de julio de 2013

LOS RIESGOS DE BUSCAR LA SUERTE

Había una vez un hombre que no tenía suerte. Tan cansado estaba de arrastrar su mala fortuna que un día decidió salir en busca del mismísimo Dios para preguntarle el motivo de su mala fortuna. Caminó y caminó durante varios días hasta que finalmente llegó hasta la orilla de un río. Allí, tumbado junto a sus aguas, vio a un lobo que se encontraba extremadamente delgado y sin fuerzas. Cuando el lobo vio acercarse al hombre le preguntó:

-Hombre, ¿a dónde vas?

-Voy en busca de Dios para preguntarle el motivo de mi mala suerte- contestó el hombre.

-Hombre- dijo el lobo- si encuentras a Dios, ¿puedes preguntarle por qué estoy tan débil y delgado y qué puedo hacer para remediarlo?

-Sí, si encuentro a Dios se lo preguntaré, no te preocupes- contestó el hombre y siguió caminando.

Caminó y caminó hasta llegar junto a un inmenso árbol que había perdido todas sus hojas. Cuando el hombre pasó junto al árbol este le dijo:

-Hombre, ¿a dónde vas?

-Bueno… voy a buscar a Dios para preguntarle el motivo de mi mala suerte.

-Ah por favor, si encontrarás a Dios, ¿podrías preguntarle por qué estoy tan enfermo y qué puedo hacer?- dijo el árbol con voz cansada.

-Pierde cuidado, si lo encuentro se lo preguntaré.

El hombre reemprendió su camino hasta que, ya anocheciendo llegó a una preciosa casa rodeada de un cuidado jardín. De la casa salió una bellísima mujer que se dirigió al caminante:

-Hombre- dijo suspirando- ¿a dónde vas?

El hombre volvió a repetir su respuesta: -Voy a buscar a Dios para preguntar por qué no tengo suerte.

-Vaya, si fueras tan amable, podrías preguntarle por qué estoy tan triste y sola y qué puedo hacer- pidió la mujer.

-Por supuesto- contestó el hombre- cuando lo encuentre se lo preguntaré.

El hombre siguió su camino durante varios días hasta que finalmente, al dar la vuelta a una esquina, tropezó de frente con el mismísimo Dios.

-¡Ay!- dijo el hombre- ¡Por fin os encuentro! Mirad señor, he venido a buscaros porque quiero saber por qué no tengo suerte.

-Te aseguro que tienes mucha suerte- le contestó Dios- y qué además tu suerte está ahí fuera, esperándote. Sólo tienes que estar atento, buscarla y la encontrarás.

- ¿De verdad?- preguntó incrédulo el hombre- ¿De verdad que voy a tener suerte?

-Te doy mi palabra de que lo que acabo de decirte es cierto- contestó Dios un tanto ofendido por las dudas.

El hombre se puso tan contento que salió sin despedirse a encontrarse con su nueva suerte cuando, de repente, recordó las preguntas del lobo, del árbol y de la bella mujer y volvió sobre sus pasos para preguntar a Dios. Dios le escuchó y le dio una respuesta para cada uno. El hombre tras agradecerle su atención, se despidió y salió corriendo en busca de su fortuna.

Según desandaba el camino el hombre se esforzó por estar atento para poder encontrar su suerte. Enseguida llegó hasta la preciosa casa del jardín donde la bella mujer le esperaba en la entrada. Iba vestida con un escotado vestido que realzaba, aún más, su enorme belleza.

-Hombre, ¿encontraste finalmente a Dios?, ¿pudiste hablar con él?

-¡Oh sí!- dijo el hombre con entusiasmo- encontré a Dios y me dijo que mi suerte está por aquí, que sólo tengo que estar atento y encontrarla.

- Hombre, ¿le preguntaste a Dios por qué estoy tan sola y triste y qué puedo hacer?

-¡Ah sí! Dios me dijo que estás sola y triste porque vives aquí sola, pero que si consigues un amante… ya nunca más estarás sola y triste.

La mujer dejó caer sutilmente el tirante de su vestido y susurró con pasión al oído del hombre:

-Hombre, quédate a vivir conmigo en esta preciosa casa. Disfruta de mi joven y hermoso cuerpo. ¡Sé tú mi amante!

El hombre quedó boquiabierto ante tal proposición, incluso le temblaban las rodillas, pero entonces le contestó:

-¡Me encantaría! En realidad eres la mujer más hermosa que he visto jamás, la amante que siempre soñé pero, no puedo detenerme ahora. ¿Estoy buscando mi suerte! Está aquí, cerca, en algún lugar, Dios me lo ha prometido. Lo siento, pero tengo que encontrarla.

Y el hombre continuó su viaje pensando que si encontraba pronto su suerte volvería para convertirse en el amante de aquella preciosa mujer. Al poco tiempo llegó junto al viejo árbol.

-Hombre, ¿encontraste a Dios?

-Sí, lo encontré y, ¿sabes una cosa? ¡Mi suerte está por aquí, sólo tengo que buscarla y encontrarla!

-¡Oh, cuánto me alegro! – contestó el árbol. ¿Le preguntaste a Dios por qué estoy tan enfermo?

-Sí, también se lo pregunté. Dios me dijo que estabas tan enfermo porque enterrado entre tus raíces hay un inmenso cofre con un tesoro y si encuentras a alguien que lo desentierre tus hojas volverán a brotar con fuerza.

-Hombre, por favor, coge tú el tesoro.

-¡Oh árbol cuánto me gustaría poder ayudarte! Pero no puedo detenerme, ¿entiendes? Estoy buscando mi suerte, sé que está por aquí cerca. Tengo que ir a buscarla.

El árbol, desesperado, insistió: - Mira, tienes una pala ahí al lado. Sólo te llevará unos pocos minutos. ¡Por favor, sácame el tesoro enterrado!

-Lo siento mucho árbol, tengo que seguir con mi búsqueda, pero no te preocupes, seguro que pronto pasará alguien que te quiera ayudar- y el hombre siguió su camino.

Llegó hasta el río donde encontró al lobo aún más débil y delgado que antes.

-Hombre, hombre… ¿encontraste a Dios?

- ¡Oh sí lo encontré! ¿Y sabes una cosa? Mi suerte está por aquí, sólo tengo que ir a buscarla y encontrarla.

-Hombre – susurro el hombre con sus pocas fuerzas- ¿le preguntaste a Dios por qué estoy tan débil y delgado y qué puedo hacer?

-¡Oh claro!- dijo el hombre servicial- Dios me dijo que si te comes al primer tonto que pase por aquí recuperarás tus fuerzas y ya nunca más estará débil y delgado.

El lobo lo miró, reunió las últimas fuerzas que le quedaban y, de un enorme salto se abalanzó sobre el hombre y lo devoró.

¡FELIZ REFLEXIÓN!

miércoles, 3 de julio de 2013

SABER LLEGAR, SABER IRSE.

Hay algo que debéis entender de mi forma de trabajar. Cuando me necesitáis y no me queréis, debo quedarme. Cuando me queréis, pero ya no me necesitáis debo irme… Es un poco triste, pero es así”.



La cita define, desde mi punto de vista, una metodología de actuación válida, aplicable tanto para terapeutas como educadores o padres. Todo proceso tiene un principio y un fin y es la necesidad la que lo determina, no el cariño ni las buenas intenciones. Saber determinar cuando alguien necesita ayuda y cuando es capaz de hacer las cosas por sí mismo es un aprendizaje importante para padres, profesores y terapeutas. Tan importante es saber cuando intervenir, como reconocer cuando es el momento de dejar de hacerlo. De lo contrario estaremos sustituyendo el aprendizaje por la dependencia.

La frase está tomada de la película “La niñera mágica” protagonizada por Emma Thomson, quien además se encargó de escribir la adaptación basándose en una popular colección de libros infantiles. La película cuenta la historia de una peculiar niñera encargada de poner en vereda a siete pequeños salvajes, especialistas en deshacerse de sus cuidadoras, que tras el fallecimiento de su madre se encuentran al cuidado (casi descuidado) de su ocupado padre.

Tras varios intentos frustrados por encontrar niñera (17 exactamente) el Sr. Brown se encuentra con las puertas de la agencia de contratación cerradas. Ya no quedan más candidatas para sus hijos. Sin embargo esa noche aparece ante su puerta la señorita McPhee, una mujer de aspecto grotesco que se ofrece a hacerse cargo del trabajo. “No me ha buscado, pero me necesita” es su inquietante carta de presentación.

La Señorita McPhee se propone como objetivo que los niños aprendan 5 lecciones, tras lo cual su trabajo habrá finalizado. La mayoría de estas lecciones están basadas en la obediencia, los niños deben aprender a hacer lo que se les dice, aunque también deben aprender a escuchar. Con todo, como dice la niñera, al final lo que cada cual aprenda dependerá de sí mismo. Aunque la lección sea la misma, lo aprendido siempre es distinto, siempre es particular.

En realidad el proceso educativo o de cambio planteado por la señorita McPhee recoge las tres fases características de un proceso de coaching: Consciencia, ya que los niños deben darse cuenta de su complicada situación económica y entender las difíciles decisiones a las que el padre tiene que enfrentarse para intentar mantener a su familia unida; Responsabilidad, ya que a pesar de las mágicas intervenciones de la señorita McPhee, los niños deben asumir las consecuencias de sus decisiones y actos; y Acción, puesto que la solución definitiva pasa por que los niños ideen y pongan en marcha su propio plan de acción.

Durante todo el proceso, conforme los niños van aprendiendo, el aspecto físico de la señorita McPhee va cambiando: le desaparecen las verrugas y el diente prominente, se suaviza la abultada nariz y su rostro y aspecto van rejuveneciendo. Paralelamente los niños van evolucionando del rechazo a la aceptación y de esta, al cariño hacia su niñera. El cambio físico de la niñera representa el avance de este proceso. El paso de las ordenes, las normas y la tutela continua (la cara más odiosa, aunque necesaria, del proceso educador) a la observación distante y la mirada complice (sin duda la parte más gratificante). Pero ambas deben darse, y además en ese mismo orden. Saber gestionar ese cambio es lo que define a los grandes educadores.

Como acostumbra a decir el profesor Santos Guerra “Los educadores forman a sus educandos como los océanos forman a los continentes, retirándose”. La cuestión es saber iniciar la retirada a tiempo. Para ello mejor dejarse guiar por la necesidad que por el cariño. Es triste, pero es así.

¡FELIZ REFLEXIÓN!


miércoles, 26 de junio de 2013

CUESTIÓN DE EXPECTATIVAS

Cuando era pequeño me gustaban las películas de indios y vaqueros. Recuerdo la típica escena en la que los confederados avanzaban a caballo en ordenada fila de a dos por el medio de las áridas llanuras, siempre con rocosas montañas que parecían hechas de cartón en el horizonte. De repente el general, situado a la cabeza de la fila junto al tipo de la corneta, levantaba la mano como un guardia de tráfico y con un sonoro grito detenía en seco al pelotón. El plano cambiaba y a lo lejos se veía llegar, en medio de una nube de polvo, un jinete solitario a galope tendido. Era el explorador que habían enviado como avanzadilla para inspeccionar el terreno.

Los exploradores eran tipos solitarios, un tanto huraños y de pocas palabras, pero excepcionalmente hábiles e intuitivos. Estos puestos eran generalmente ocupados por indios renegados, expertos conocedores del terreno y de las costumbre enemigas que, igual ponían el oído en el suelo y adivinaban la distancia exacta a la que se encontraba el peligro, como encontraban un rastro siguiendo el olor, como hacían señales de humo para alertar de una situación.

Las expectativas que todos conscientemente o no hacemos constantemente trabajan de manera similar a estos exploradores indios. En nuestro papel de comandante en jefe, las enviamos con órdenes precisas para que examinen el terreno. Cuando regresan, escuchamos atentamente su informe y, tras interpretar sus advertencias, decidimos si es mejor continuar por el camino y atravesar el desfiladero, confiando en que no hay riesgo de emboscada, o si es preferible montar campamento base y esperar al lado del río a que amanezca.

Decidimos en base a la información generada por nuestras expectativas. Pero la fiabilidad de esos datos depende de la familiaridad del explorador con el terreno, con la situación concreta. En ocasiones el rastreador se encuentra en un medio conocido e interpreta con destreza las señales y aporta una información valiosa, pero a veces, nuestro explorador se muestra torpe, dubitativo, confuso, fuera de lugar y entonces, obligado a regresar y emitir su informe,  las conjeturas y suposiciones ocupan el lugar de los datos. Y entonces nuestro ejército avanza sin remedio hacia tierras movedizas. En fin, al menos… murieron con las botas puestas (o no).

Un chiste sirve de ejemplo para la entrada de hoy.

Hoy he despedido a mi becario. ¿Que por qué lo he despedido? Veréis…

Era mi 37 cumpleaños, mi humor no estaba muy bien que digamos. Aquella mañana, al despertarme me dirigí a la cocina para tomar una taza de café, a la espera de que mi marido me dijese: - ¡Feliz cumpleaños, querida!

Pero él no me dio ni los buenos días…

Y me dije a mi misma: - ¿Es ese el hombre que yo me merezco?

Pero continúe imaginando: - Los niños seguro que se acordarán- Pero cuando llegaron a desayunar, no dijeron ni una palabra.

Así que salí de casa bastante desanimada, pero me sentí un poco mejor cuando al entrar en la oficina mi becario me dijo: -Buenos días Srª López. ¡Feliz cumpleaños!

Finalmente, alguien se había acordado…

Trabajamos hasta el medio día y entonces mi becario entró en mi despacho diciendo: - Sabe Srª López… hace un hermoso día y ya que es su cumpleaños, podríamos almorzar juntos, solos usted y yo.

Acepte y fuimos a un lugar bastante reservado. Nos divertimos mucho y, en el camino de vuelta, él propuso: - Con este día tan bonito, creo que no deberíamos volver a la oficina. Vamos a mi apartamento y tomemos allí una copa.

Fuimos entonces a su apartamento y, mientras yo saboreaba un Martini, él dijo: - Si no le importa voy un momento a mi cuarto a ponerme una ropa un poco más cómoda.

-Esta bien, como quieras- respondí.

Pasados cinco minutos, más o menos, él salió del cuarto con una tarta enorme, seguido por mi marido, mis hijos, mis amigos y todo el personal de la oficina. Todos cantaban “Cumpleaños Feliz,…!”

Y allí estaba yo, desnuda, sin sostén ni bragas, echada en el sofá del salón…

¡FELIZ REFLEXIÓN!



jueves, 20 de junio de 2013

AUTO-ESCUELAS

En cuanto los jóvenes rozan la mayoría de edad una de las primeras cosas que suelen hacer es apuntarse a la autoescuela. Están ansiosos por obtener el preciado permiso de conducir. La posesión del carné supone el pasaporte a un idealizado mundo de libertad y autonomía. Disponer de carné les permite conducirse por la vida, ser dueños de sus propios pasos, ya no dependen de nadie puesto que pueden llevarse solos. Pero, ¿Dónde se obtiene el carné para circular por la vida? ¿Dónde aprendemos a conducir el único vehículo que nos acompañará durante toda nuestra vida? ¿Dónde aprendemos a conducirnos? La respuesta más lógica debería ser en la auto-escuela, aunque creo que ese tipo de aprendizajes, aunque importantes, se dan por supuestos.

Sería interesante que existieran escuelas (auto-escuelas) en las que uno pudiera aprender sobre sí mismo. Aprender a conocerse, aprender a manejarse y, por supuesto, donde también aprendiéramos las normas básicas de circulación cuando salimos al camino y coincidimos con otros. Parte de este temario lo recogía la asignatura de ciudadanía, aunque nuevamente parece que en el país de las “lenguáticas” no queda tiempo para tonterías.

El temario podría incluir un módulo de mecánica básica, en el que se explicara cómo realizar el mantenimiento y puesta a punto del vehículo. Con ello se evitarían muchos de los sobresaltos que nos llevamos cuando se nos encienden las luces rojas y perdemos el control sobre nuestras acciones, llegando incluso al atropello en algunos casos. Bien es cierto que el arrepentimiento y el perdón funcionan como airbags protectores, pero no es conveniente abusar de ellos, pues está científicamente demostrado que su eficacia disminuye con el uso.

También es importante familiarizarse con todas las prestaciones que lleva nuestro vehículo de serie. Nos sorprendería el juego que podemos sacarle a nuestro equipamiento básico. Quizás si aprendiéramos a manejarlo bien no estaríamos tan obsesionados con incorporarle constantemente los últimos accesorios y actualizaciones. Al final con tanto tuning en algunos vehículos cuesta reconocer que marca y modelo son.

En las auto-escuelas nos enseñarían que nuestros vehículos no están hechos para correr, sino para disfrutar del camino. Nos explicarían que hay que ser cuidadosos con ellos, que nos tienen que durar toda la vida, que aunque podemos hacer reparaciones, estas son caras y dolorosas. Nos enseñarían que más importante que la chapa es el motor, que hay que llevar los cristales bien limpios para poder ver con claridad, también los espejos retrovisores, no para saber a quién dejamos atrás, sino para no olvidar de donde venimos. Y nos dirían que es importante que nuestro habitáculo sea confortable, sobre todo para que las personas que dejemos entrar se sientan cómodas y quieran acompañarnos en el viaje. Nos recomendarían que reserváramos algún sitio para colgar la foto del “nocorrasqueteespero”. Nos insistirían en que no viajamos solos y hay que señalizar con tiempo nuestros movimientos para avisar a los otros conductores. Y, por supuesto, nos recodarían las normas básicas en caso de accidente: la adecuada señalización y la obligación de auxilio de todos los conductores.

Ya puestos, podríamos instaurar hasta un sistema de ITV periódico, que nos revisará que todo funciona bien o nos aconsejara pequeños cambios. Ahora, de lo de colocarse la pegatina en la frente yo paso.


¡FELIZ REFLEXIÓN!

viernes, 14 de junio de 2013

LECCIONES DE COACHING DEL SR. MIYAGI

“Las respuestas solo han de importarte cuando la pregunta es la correcta” 
Sr. Miyagi.

El joven “Daniel Sam” llega a una nueva ciudad, nuevo barrio, nuevo instituto, nuevos amigos. Demasiadas novedades en poco tiempo. A veces uno lo intenta, pone lo mejor de sí mismo para adaptarse a los cambios, pero cuanto más lo intenta, peor se ponen las cosas. Como resultado al joven Daniel Larusso, protagonista de la película Karate kid, se le acumulan hematomas y rasguños, heridas físicas, pero también emocionales. No todas las situaciones de la vida se solucionan a base de buena actitud y predisposición, máxime cuando uno es un joven impulsivo y orgulloso. Cuando no obtenemos el resultado esperado parece que sólo quede la opción de la insistencia: Levántate una vez más de las que caigas. Daniel le insiste a su madre: “Tú no lo entiendes (las madres nunca lo entienden) Necesito aprender Karate. Necesito defenderme”.

Como cualquier joven, Daniel busca encontrar su espacio, pero el mundo no es ese sitio amable y hospitalario que él pensaba. Los recién llegados no son bien recibidos, máxime si pretendes conquistar a la princesa del lugar. El príncipe destronado y el resto de la manada embisten con saña. Daniel comete el error de aceptar el juego de la provocación y la venganza, una espiral en la que tiene todas las de perder.

El maestro aparece cuando el alumno está preparado y, cuando la situación está a punto de írsele de las manos a Daniel, en forma de nueva paliza, aparece el anciano oriental. Daniel observa los certeros movimientos y golpes del Sr. Miyagi mientras lo defiende y, antes de desmayarse lo tiene claro: quiere aprender. El maestro acepta enseñarle, pero antes deberá encontrar el sentido, la razón, el para qué de su aprendizaje: Aprender sin reflexionar es malgastar la energía.

Los cimientos del proceso formativo, del proceso de coaching, están puestos: Voluntad, motivación y confianza por parte del joven Daniel; visión, habilidades, disciplina y tempo por parte del maestro. En el momento en que ambos sintonicen en su para qué, en su objetivo, el proceso dará sus frutos.

El aprendiz no acaba de entender la finalidad del esfuerzo, aún carece de la visión: Pintar, lijar, “darcera-pulircera”,… pero la confianza en el maestro vence las reticencias. La alianza terapéutica, la relación de complicidad entre alumno y maestro, es fundamental en el proceso de crecimiento. A su debido tiempo el alumno descubrirá el valor de lo aprendido. Cualquier aprendizaje nos brinda la oportunidad de mejorar como personas, de conocernos mejor,… el aprendizaje es siempre un despertar de recursos dormidos.

El momento mágico es precisamente ese despertar de la consciencia, ese “click”, esa especie de revelación repentina que enciende la luz y aparta la cortina y descubre el “sé que sé”. Es el momento de recoger el fruto del esfuerzo, la constancia y la dedicación. La batalla más dura es la que se libra en el interior. Cuando aprendo descubro que la mitad de lo aprendido estaba en mí.

Nunca pensé que llegaría hasta aquí” reconoce Daniel a su maestro a las puertas de las semifinales del campeonato estatal. “Ya somos dos” le contesta el Sr. Miyagi. En esto consiste la magia, en superar todas las expectativas.

¡FELIZ REFLEXIÓN!


martes, 11 de junio de 2013

A OSCURAS PARA VERNOS MEJOR.

Hace unas semanas circulaba por las redes un mensaje en forma de chiste. La escena representaba un velatorio en el que apenas había cuatro o cinco personas presentes. Las dos del fondo están conversando y una le dice a la otra: “Pensé que habría más gente aquí. Tenía más de dos mil amigos en Facebook”.

Esta escena muestra la paradoja de las redes sociales, de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, que en muchos casos ni comunican ni informan. Hoy tenemos la posibilidad de comunicarnos en tiempo real con cualquier persona del planeta, esté donde esté. Gracias a la tecnología han desaparecido las distancias. Las palabras que escribo en este blog pueden ser potencialmente leídas por millones de personas. Toda la información y todas las personas se nos presentan al alcance de la mano, al alcance de un solo click. Pero, ¿Estamos preparados para ello? ¿Somos conscientes del precio que pagamos por esta avalancha de información y oportunidades?

Los cambios se han producido de manera tan vertiginosa que apenas nos han dejado tiempo para acomodarnos a ellos. La tecnología ha cambiado en pocos años nuestra manera de comunicarnos, de relacionarnos, e incluso el vocabulario que utilizamos. La tecnología ha irrumpido con fuerza en nuestras vidas transformando el paisaje: nuestras casas, aulas, hospitales, empresas, medios de transporte, teléfonos, ascensores,… han cambiado su diseño para incorporar pantallas que nos ofrezcan información y posibilidades de comunicación a cada instante. Somos seres sociales enfrentados a la posibilidad de la comunicación infinita.

Hay autores que están empezando a plantear como Internet y el uso que hacemos de los buscadores, están incluso modificando nuestra mente, modificando nuestra manera de pensar y recordar. Nicholas Carr en su libro “¿Qué está haciendo internet con nuestras mentes?” defiende que estas nuevas prácticas informativas nos vuelven más superficiales y disminuyen nuestra capacidad de concentración. Sus opiniones presentan un escenario inquietante, en el que se sugiere que no somos todo lo conscientes que deberíamos de la factura que tendremos que pagar por zambullirnos en la era de la sobreinformación.

El mundo parece evolucionar siguiendo la vieja regla de que más es mejor. La abundancia es siempre preferible a la escasez, y esta regla se aplica de manera universal en cualquier circunstancia. Pero más es una variable que mide cantidad no calidad. Y a veces, paradojas de la vida, menos es más.

Sé que son muchas las voces que abogan por un futuro tecnológico, por una revolución en la educación fundamentada en las TIC, ansiosas por quemar los libros de texto en una hoguera en el patio (esta imagen me recuerda al Quijote), por apostar por una educación repleta de pantallas, lucecitas de colores y voces en off,… Pero más no es siempre mejor. Como he defendido en otras ocasiones creo que no son las herramientas las que provocan los cambios, sino las personas que las usan (para bien o para mal)

La reflexión de hoy es un tanto compleja y sé que está cargada de aristas, por eso, antes de perderme en un laberinto de palabras e interpretaciones, os quiero proponer uno de mis cortos preferidos para trabajar en clase y que ha motivado la entrada de hoy. “Desconocidos” de David del Águila plantea una situación cotidiana y familiar con inquietante reflexión incorporada. 

A veces hay que quedarse a oscuras para que se encienda la luz. ¡FELIZ REFLEXIÓN!

martes, 4 de junio de 2013

SE ADMITEN INTERPRETACIONES.


Una chica en París se disponía a ir de compras, pero se le olvidó el abrigo…

Últimamente abundan los libros de autoayuda basados en el supuesto de que podemos conseguir cualquier cosa que nos propongamos si somos capaces de desearlo con la fuerza suficiente, si somos capaces de enfocarnos adecuadamente en nuestro objetivo. Somos dueños de nuestro destino. Usted puede conseguir cualquier cosa que se proponga, sus sueños al alcance de la mano por sólo 19,95. Y compramos.

Compramos porque queremos creer que el mundo es ese sitio amable, justo y repleto de oportunidades que describen las páginas del libro. Necesitamos creer en la existencia de esa especie de “ley del karma” que recompensará, más pronto o más tarde, todos mis esfuerzos y buenas acciones. Nos negamos a vivir en un mundo caótico y descontrolado en el que seamos simples piezas en manos del destino. Y sin embargo, con demasiada frecuencia, la realidad que observamos a diario siembra la duda. Y volvemos a comprar. Nos inyectamos una nueva dosis de optimismo a 9,90 (esta vez en edición de bolsillo). Portada diferente, contenido parecido.

Arrancaba el post con la frase con la que empieza la inquietante escena del taxi de la película Benjamin Button. Toda una serie de circunstancias que desembocan en el atropello de la protagonista. Si solo una de esa decena de “anómalas” circunstancias no se hubiera producido, Daisy no habría acabado su carrera de bailarina profesional en la cama de un hospital parisino. Cualquiera de esas circunstancias le era ajena, no dependían ni de su actitud ni de la fuerza de su deseo. A veces, el mundo se convierte en el enemigo que confabula en mi contra: ¿Por qué a mí? ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Quizás el karma tenga la respuesta.

La suerte, la casualidad,… el destino tal vez entran en escena. La vida no es matemática aplicada, a menudo la ciencia de la causalidad hace aguas. Las cosas suceden, algunas porque las provocó, pero otras muchas ocurren al margen de nuestra influencia y nos afectan tremendamente. ¿Es por ello el mundo un lugar injusto? ¿Es inútil el esfuerzo, la dedicación y la constancia, puesto que el resultado siempre estará en última instancia en manos de la fortuna?

Hay un cuento que tal vez arroje algo de luz sobre estas cuestiones.

Cuenta la leyenda que hace muchos años vivía en una aldea de China un labrador con su hijo. El labrador era una persona humilde y aparte de la tierra que cultivaba y la casa que los cobijaba, su única propiedad era un caballo que le ayudaba en su duro trabajo.

Un día el campesino olvidó cerrar la puerta del corral y el caballo escapó. Todos los vecinos acudieron a la casa para decirle al campesino lo mucho que lamentaban aquella pérdida. Él les agradeció su visita pero les preguntó:

-¿Cómo podéis saber que lo ocurrido es una desgracia?

Los vecinos quedaron sorprendidos al observar la reacción del campesino pues, a todas luces resultaba evidente que aquello era un duro revés en el quehacer del campesino.

Sin embargo, una semana después el caballo retorno al establo y, ante la sorpresa de todos, no volvió solo, sino que una hermosa yegua lo acompañaba. Al conocer la noticia, todos los habitantes de la aldea acudieron a felicitar al campesino por su suerte.

-Muchas gracias por vuestra visita y por vuestras felicitaciones- dijo el labrador – pero, ¿cómo podéis saber que lo ocurrido ha sido una suerte para mí?

Nuevamente desconcertados por la reacción del hombre, los vecinos regresaron a sus casas sin saber que contestar.

Pasado un tiempo, el hijo del campesino decidió domesticar a la yegua. Mientras estaba en ello, el animal realizó un movimiento brusco y el muchacho cayó al suelo rompiéndose una pierna.

Los vecinos acudieron nuevamente a la casa del labrador llevando algunos presentes para el joven herido. Todos se mostraron tristes ante lo sucedido y compadecían al campesino por tan mala fortuna.

Pero nuevamente la reacción del campesino dejó a todos estupefactos. ¿Cómo podéis saber si lo ocurrido ha sido realmente una desgracia?

Esta respuesta indignó por completo a los vecinos, quienes ya no dudaban en que aquel hombre había perdido por completo el juicio. “¿Cómo podía preguntar tal cosa cuando su único hijo corría el riesgo de quedar cojo para siempre?”

Transcurrieron algunos meses y Japón declaró la guerra a China. Los emisarios del emperador recorrieron entonces todo el país en busca de jóvenes saludables para reclutarlos y enviarlos al frente. Al llegar a la aldea, todos los jóvenes fueron alistados, a excepción del hijo del labrador, pues su pronunciada cojera lo inhabilitaba para la batalla.

Pasó el tiempo y fueron muchos los jóvenes que no regresaron con vida a la aldea. Sin embargo, el hijo del campesino se recuperó de su herida. Los dos caballos tuvieron crías y estas fueron vendidas con gran beneficio. El labrador pasó por casa de sus vecinos para consolarlos y estos escucharon sus palabras, no como las de un viejo loco, sino como las de alguien sabio.

(* Adaptado de un cuento sufí de Paulo Coelho)

Es innegable que muchas de las cosas que nos suceden y nos afectan están fuera de nuestra área de influencia, por mucho que otros se empeñen en escribir lo contrario y vendan millones de libros. Aunque ello no nos convierte necesariamente en víctimas de las circunstancias, puesto que como afirmaba Víctor Frankl en su "hombre en busca de sentido", siempre somos libres de elegir la actitud que adoptamos ante las circunstancias. Los acontecimientos suceden de forma inexorable, pero esto, lejos de convertirnos en esclavos, nos ofrece la posibilidad de elegir cómo interpretarlo y qué hacer con ellos. Como dijo Huxley “la experiencia no es lo que le sucede, sino lo que usted hace con lo que le sucede”. 

Por cierto, el accidente de Daisy que acabó con su carrera, también provocó la inesperada visita del atractivo Button, quien flores en mano no dudó de recorrer medio mundo para presentarse a los pies de su cama. Pero esto ya es otra historia…




¡FELIZ REFLEXIÓN!


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